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viernes, 29 de junio de 2012

¿Qué es la Filosofía?

«Nadie por ser joven dude en filosofar ni por ser viejo de filosofar se hastíe. Pues nadie es joven o viejo para la salud del alma. El que dice que aún no es edad de filosofar o que la edad ya pasó es como el que dice que aún no ha llegado o que ya pasó el momento oportuno para la felicidad. De modo que deben filosofar tanto el joven como el viejo. Éste para que, aunque viejo, rejuvenezca en bienes por el recuerdo gozoso del pasado, aquél para que sea joven y viejo a un tiempo por su impavidez ante el futuro. Necesario es, pues, meditar lo que procura la felicidad, si cuando está presente todo lo tenemos y, cuando nos falta, todo lo hacemos por poseerla.»

Epicuro, Carta a Meneceo

Nadie puede responder a esta pregunta, pues la filosofía no es un saber. Nadie sabe de filosofía y, sin embargo, todo el mundo filosofa en mayor o en menor medida. Esto es debido a que la filosofía no tiene un territorio definido, como si lo tienen las ciencias. No se trata de un saber objetivo, localizado, por el contrario es el conocimiento más general que existe. La filosofía tiene que ver con la vida, con las experiencias personales, con la existencia. Por esta razón, como advierte Epicuro, nunca se es demasiado joven o demasiado viejo para filosofar, pues el pensamiento te acompaña mientras vives.

La filosofía es una manera de ordenar esos pensamientos, de darles forma, de orientarlos en la existencia. Hasta aquí puedo leer. Pues no puedo decir cómo se hace filosofía. No existe el maestro en filosofía. El filósofo es un maestro de los discursos, pero no de las experiencias. El filósofo puede ayudar a otros a aprender a pensar, pero no puede pensar por otros, no puede ahorrarles ese trabajo entregándoles un saber, en la medida en que no puede vivir su vida. La filosofía es una actividad que compete al individuo realizar.

«Cuando alguien pregunta para qué sirve la filosofía, la respuesta debe ser agresiva ya que la pregunta se tiene por irónica y mordaz. La filosofía no sirve al Estado, ni a la Iglesia, que tienen otras preocupaciones. No sirve a ningún poder establecido. La filosofía sirve para entristecer. Una filosofía que no entristece o no contraría a nadie no es una filosofía. Sirve para detestar la estupidez, hace de la estupidez una cosa vergonzosa. Sólo tiene un uso: denunciar la bajeza en todas sus formas. ¿Existe alguna disciplina, fuera de la de filosofía, que se proponga la crítica de todas las mixtificaciones, sea cual sea su origen y su fin?. Denunciar todas las ficciones sin las que las fuerzas reactivas no podrían prevalecer. Denunciar en la mixtificación esta mezcla de bajeza y estupidez que forma también la asombrosa complicidad de las victimas y de los autores. En fin, hacer del pensamiento algo agresivo, activo, afirmativo. Hacer hombres libres, es decir, hombres que no confunden los fines de la cultura con el provecho del Estado, la moral, y la religión. Combatir el resentimiento, la mala conciencia, que ocupan el lugar del pensamiento. Vencer lo negativo y sus falsos prestigios.¿quien, a excepción de la filosofía, se interesa por todo esto?. La filosofía como crítica nos dice lo más positivo de sí misma: empresa de desmitificación. Y, a este respecto, que nadie se atreva a proclamar el fracaso de la filosofía. Por muy grandes que sean la estupidez y la bajeza serían aún mayores si no subsistiera un poco de filosofía que, en cada época, les impide ir todo lo lejos que quisieran...pero ¿quién a excepción de la filosofía se lo prohíbe?»

Deleuze y Guattari, ¿Qué es la filosofía?

Es importante apuntar a la dimensión ética de la filosofía, pues nos ayuda a ser autónomos y críticos con la realidad que nos rodea. Nos enseña a dudar sobre nuestras creencias y nos libera de los prejuicios. El ejercicio de la filosofía nos hace más libres. Hay que comprender esta frase de Deleuze: "la filosofía sirve para entristecer", pero no porque la filosofía sea triste, lo triste es vivir conforme al dogma, lo triste es vivir como si se fuera sabio, siendo ignorante. La filosofía entristece porque nos hace conscientes de esa mentira. Pero a cambio nos enseña la manera de reconquistar ese vacío existencial, convirtiéndolo en un espacio de posibilidades, y sobre todo en un espacio nuestro, en el que desarrollar nuestra fuerza vital.

«La filosofía quiere salvar el infinito dándole consistencia: ella traza un plano de inmanencia que lleva al infinito los acontecimientos o conceptos consistentes bajo la acción de personajes conceptuales. La ciencia, al contrario, renuncia desde este punto de vista al infinito para ganar la referencia: ella traza un plano de coordenadas que define cada vez estado de cosas, de funciones o de proposiciones referenciales, bajo la acción de observadores parciales. El arte quiere crear lo finito que vuelve a dar lo infinito: traza un plano de composición que lleva a su turno los monumentos o sensanciones compuestas a lo infinito, bajo la acción de figuras estéticas.» 

Deleuze y Guattari, ¿Qué es la filosofía? 

La filosofía tiene también una dimensión creativa. Como no tiene límites, apunta hacia el infinito. Todo está por pensar en filosofía. No hay ningún punto de referencia fijo, trascendente. Y porque no lo tiene, puede buscarlo. Su horizonte está en permanente apertura. La filosofía está atrincherada entre la objetividad científica y el silencio místico. Podríamos definirla tal vez como un arte cuyo material son los conceptos.

Pero, aunque trabaje con conceptos, hay que tener claro que la filosofía no es necesariamente teórica y abstracta. Aunque apunta hacia conceptos generales o universales, tiene siempre una aplicación práctica y concreta. Podemos preguntarnos, por ejemplo, qué es la libertad, pero el discurso que generemos a propósito de esta pregunta tendrá siempre como punto de partida y como destino nuestra propia experiencia personal. La filosofía trata siempre de los temas más cercanos y a la vez más difusos, que no son otros que las inquietudes que todos tenemos frente al abismo de nuestra existencia.

«Hay momentos en la vida en los que la cuestión de saber si se puede pensar distinto de como se piensa y percibir distinto de como se ve es indispensable para seguir contemplando o reflexionando. Quizá se me diga que estos juegos con uno mismo deben quedar entre bastidores, y que, en el mejor de los casos, forman parte de estos trabajos de preparación que se desvanecen por sí solos cuando han logrado sus efectos. Pero ¿qué es la filosofía hoy -quiero decir la actividad filosófica- si no el trabajo crítico del pensamiento sobre sí mismo? ¿Y si no consiste en vez de legitimar lo que ya se sabe, en emprender el saber cómo y hasta dónde sería posible pensar distinto?»

Foucault, Historia de la sexualidad II


¿Y vosotros qué opinais?

lunes, 2 de abril de 2012

La noción de libertad en Foucault: lo normal como problema

          De entre todas las nociones que se pueden extraer de la obra de Foucault, la libertad podría ser una de las nociones que despiertan un mayor asombro en los lectores y, por esa condición, se situaría en una posición central en el discurso foucaultiano. ¿Por qué es fundamental en Foucault aquello que no nos deja indiferente? Porque en última instancia la última palabra la tiene el lector. Foucault no afirma nada taxativamente, sino que deja que el lector haga uso de la mirada que le sea más fructífera a la hora de leer los textos. Los discursos pueden ser reformulados. Ahora bien, eso no significa que tengamos que hacer hermenéutica, sino que, en la medida de lo posible, siempre debemos remitirnos al texto.

            Este término de la libertad no deja indiferente y esto es porque al prestar oído al texto hay algo que, irremediablemente, nos ha de conmover. No es una cuestión de estar o no de acuerdo con lo que Foucault plantea, sino que lo que nos rompe es el texto mismo. El discurso del archivo es el que desvela la rotura. Rotura histórica y, como consecuencia, rotura de aquel suelo firme en el que creíamos pisar seguros porque era nuestro hogar. Y, a pesar de todo, sigue siendo nuestro hogar, pero después de leer a Foucault nos empezamos a cuestionar lo que parecía incuestionable. Lo obvio se nos presenta como lo absoluto contingente, el mundo se rompe y de sus pedazos surgen nuevas posibilidades. Nos deshacemos del determinismo y nos insertamos en la libertad.

            Foucault habla de los temas más cercanos, temas que nos atañen a todos. Por ese motivo rehúsa hacer una historia de las ideas o de la verdad. No se presenta como poseedor de un saber que confiere el privilegio de decidir qué es lo relevante o qué no lo es, sino que nos invita a hacer una reflexión acerca de algo que nos interesa a todos. Al ser una reflexión individual, no se parte de un saber (que por el mismo hecho de serlo nos sometería a él), sino que se parte de la facticidad de lo escrito.

             El saber siempre implica un poder y el poder siempre opera como economizador de las libertades individuales. El saber en este sentido elimina la libertad. Por eso Foucault sólo presenta los textos. Invita a que sea el lector quien extraiga un saber de ellos; pero no un saber como el de las ciencias, no un saber inequívoco, sino un saber que quizá sirva para orientar la propia existencia. En realidad, un saber que libere, un saber que nos despoje del saber mismo. Foucault se da cuenta de que hay un flujo de influencia recíproca entre el saber y el poder que nos constituye. Somos partícipes de la articulación de esos dos elementos porque estamos instalados en su estructura. Hay unas relaciones de poder que se nutren del saber y, a su vez, ese saber sirve para fortalecer el poder, y en ese juego nos constituimos porque es una red que atraviesa toda nuestra existencia.
 
                La historia no tiene un sentido, el puzzle se puede construir de muy diversas maneras, de lo que se trata es de descifrar cuales son las condiciones de posibilidad que permiten una construcción concreta: la nuestra. Las distintas fases que han conducido a las sociedades disciplinarias actuales pasan por una definición de hombre a través de la psiquiatría, la medicina o las ciencias humanas (saber) y una distribución de los cuerpos llevada a cabo por las instituciones: ejército, colegio, fábrica, cárcel… Ambos elementos ponen de manifiesto el escenario donde se produce la inevitable pérdida de libertad que nos encadena a lo que sabemos, lo que podemos y, en consecuencia, a lo que somos. No se trata de que se nos prive ser lo que somos, sino de que se nos obliga a ser lo que somos.

           Lo que Foucault plantea es que este poder y este saber se fundan en una manera concreta de problematizar las cosas. Además, este poder-saber contribuye a que este modo sea el modo específico en el que en la actualidad los individuos se problematizan a sí mismos. De lo que se trata es de darse cuenta de que la manera de problematizar las cosas es histórica, entendiendo la historia, no como un discurso continuo (historia de la verdad), sino como varios discursos discontinuos pertenecientes a un tipo de problematización concreto en cada caso.

               Foucault realiza una historia de las verdades, una ontología del presente. Si la verdad surge de una manera de problematizar el mundo, la tarea de Foucault consistirá en encontrar el comienzo, el umbral que posibilita un nuevo tipo de conocimiento. Se trata de ver cuáles han sido las condiciones de posibilidad de nuestro presente, y lo más relevante en el hecho del comienzo, es que nos vaticina que también habrá un próximo fin. En este horizonte es donde alcanzaremos la holgura existencial que nos permitirá poder pensar de otro modo.